Tumbas de salitre y cal

Orca en libertad

¿Alguna vez te has parado a escuchar de verdad? Sí, tú. No mires hacia los lados. No hay nadie más. Me refiero a ti. ¿Alguna vez has escuchado con sinceridad? No, no quería decir “hablar con sinceridad”, sino “escuchar con sinceridad”. ¿Y bien? Probablemente no lo hayas hecho, igual que la mayoría. Estamos acostumbrados a mirar al cielo y escuchar el canto de los pájaros o el rumor del viento. Miramos al mar y escuchamos a las olas romper o la brisa espumando sus crestas. Miramos a nuestro perro y le oímos ladrar, como maúlla el gato o barrunta el elefante… Todo lo que oímos lo escuchamos mezclado con la hipocresía que llevamos adosada a nuestra percepción y filtrado por nuestros prejuicios.

Para Morgan ya es tarde: nunca volverá a nadar en libertad

Si alguna vez te paras a escuchar con sinceridad, probablemente oigas lo mismo que yo y que cualquiera, pero seguramente escucharás mucho más. Las historias que mecen las olas, los lamentos de las profundidades o más cerca, mucho más cerca, las quejas y sollozos de todos esos animales que comparten con nosotros el entorno que, sistemáticamente, nos dedicamos a dominar, transformar y finalmente, destruir. Todos ellos están ahí y no cesan en su lamento, lo que ocurre es que esperamos que nos hablen en nuestro idioma antes de plantearnos contestar.

Nos pasamos la vida rodeados de animales que sufren porque les hemos sacado de sus hogares, separado de sus familias, sin darles la oportunidad de opinar, y vivimos con ello día a día, a base de ignorar sus palabras y oírles sin llegarles a escuchar. Tan solo tres especies de animales se han acercado a nosotros con la intención de compartir nuestras vidas de forma íntima: los perros, que entraron hasta la cocina y no piensan abandonarnos; los gatos, que se conformaron con acercarse al alféizar de nuestra ventana; y las ratas, que para su desgracia, se ofrecieron a ayudarnos con nuestras miserias. Los primeros pagan muy cara su fidelidad y absoluta entrega, convertidos en válvula de escape de nuestras frustraciones; los segundos han perdido o su libertad o su dignidad, sin saber en cuál de los dos casos están peor; y las terceras… pues eso, mejor ni mencionarlo.

Todos los demás animales a los que manipulamos, torturamos o matamos cada día están con nosotros contra su voluntad. Nadie tiene excusa para seguir creyendo eso de que el toro de lidia ha nacido para morir en el ruedo o las vacas frisonas han evolucionado para vivir estabuladas y convertidas en lecheras. O que los caballos desarrollaron sus lomos para encajar con la entrepierna de los humanos. O quizás las perdices desarrollaron plumas para no resultar desagradables cuando son destrozadas por un centenar de perdigones.

Se supone que somos la especie superior del planeta cuando ni siquiera lo conocemos a fondo, y sobre todo, ni siquiera somos capaces de cuidarlo. En lugar de tratar de entender a los animales que nos rodean, les obligamos a obedecer órdenes en nuestro idioma. ¿Somos más inteligentes pero esperamos a que sean ellos quienes hagan el esfuerzo de entendernos?

Pues si el ser humano es el ser predominante en tierra firme, no hay duda de que los cetáceos, como las ballenas, las orcas o los delfines, son los seres predominantes en el mar, con una enorme diferencia: ellos no están destruyendo su hogar. Lo estamos destruyendo nosotros, incluso sin ser nuestro medio. Y no contentos con ello, nos acercamos allí a secuestrar, torturar y matar a sus pobladores más inteligentes. Tan solo algunas personas, esas que se han parado a escuchar con sinceridad, han llegado a comprender parte del lenguaje de algunos cetáceos y han descubierto que son capaces de ponerse un nombre a sí mismos, o de llamar por el suyo a los demás. Son capaces de organizar partidas de caza o de protegerse en grupo y desde luego son capaces de comprender la diferencia entre vivir en libertad o sufrir un cautiverio lejos de su familia.

Morgan en Loro Parque de las Islas Canarias

Morgan en Loro Parque de las Islas Canarias

Los delfines y las orcas se han acercado voluntariamente a nosotros cuando hemos visitado su hábitat. Han ayudado a náufragos y pescadores, han acompañado a los navegantes en sus travesías y jugueteado con los buzos cuando osaban adentrarse en sus dominios y como respuesta, en agradecimiento a su cordialidad, les hemos masacrado, capturado y convertido en payasos circenses confinados en cárceles inhumanas plenas de salitre y construidas en cal.

¿Te has quedado alguna vez encerrado en el ascensor de un hospital? ¿Uno de esos que llevan camillas? Probablemente no, pero seguro que alguna vez has imaginado lo terrible que sería que el ascensor se parara de repente. ¿Cuánto espacio ocupan tus pies? ¿Cuánto mide uno de tus pasos? ¿Cuánto mide el ascensor de un hospital? Y entonces, ¿cuánto crees que mide una orca? ¿Cuánta distancia crees que recorre con un impulso de sus aletas? ¿Cuánto crees que mide la piscina de un parque acuático? No pierdas el tiempo calculando, te lo digo yo: para una Orca, su piscina, es más o menos lo mismo que para ti ese ascensor.

¿Elegirías vivir siempre en ese ascensor? ¿Podrías ser feliz? Pues así viven las orcas que “trabajan” en los espectáculos circenses que se desarrollan en los distintos parques acuáticos alrededor del mundo. ¿De verdad piensas que se divierten cuando saludan con las aletas o pasean sobre su morro a una de sus carceleras? Pues no, no se divierten, ni sonríen cuando abren la boca, ni te están saludando cuando emiten esos sonidos que quizás a alguien le parezcan su forma de pedir palmas pero que, en realidad, son llamadas de socorro… ¡Sacadme de aquí! ¡No aplaudáis que me pedirán que lo repita!¡Por favor, llevadme al mar con mi madre! Pues sí, acuérdate de lo ricas que estaban aquellas palomitas rosas y de lo dulces que te supieron pensando cuánto se estaba divirtiendo la orca, aquel día… Ahora se te ha quitado el hambre, ¿verdad?

Pues piensa en ellas lamentándose y pidiendo ayuda, cada uno de los 365 días de cada uno de los 8 años que suelen soportar el vivir en cautividad. ¡Exacto! Esa es la esperanza de vida de estos animales en cautividad, en lugar de los 50 años que viven cuando les permitimos hacerlo en libertad, junto a sus familias, en su entorno, pudiendo nadar hacia adelante, sin encontrarse con la cal de los muros de su celda, cada tres o cuatro de sus inmensos aleteos.

¿Cuánto tiempo serías tú capaz de sobrevivir en un ascensor de hospital? ¿Cuántas veces sonreirías si para darte de comer te exigieran saltar y retorcerte en el ascensor frente a  miles de personas, animando a tus captores a seguir humillándote y sin que tú pudieras entender por qué no te ayudaban?

Se llama Morgan, pero podría llamarse de cualquier manera y no nos importaría, porque su nombre no es ese. Su nombre se “escribe” con unos  pitidos, agudos pero profundos, que decidió ella misma o quizás acordó con su madre allá en el Mar del Norte. Morgan, a la que seguiré llamando así ante la vergüenza de no saber llamarla por su verdadero nombre, porque no la hemos sabido escuchar, era una orca adolescente y presumiblemente feliz, hasta que, un día, probablemente, el sónar de algún barco la despistó y termino perdida cerca de algún lugar en la costa de Holanda. Allí fue secuestrada para ser enviada finalmente a su jaula de salitre y cal, en el Loro Parque de las Islas Canarias. Seguramente pidió ayuda a todas y cada una de las personas que se le acercaron, pero nadie la escuchó. La orca Morgan fue enviada a Canarias después de estar en “prisión preventiva” en Holanda, en una celda provisional e inhumana, en espera de que un juez decidiera quién se quedaba con su custodia, pero con una particularidad: ni ella ni sus padres tuvieron voz en aquel juicio.

Morgan encerrada en Loro Parque

Morgan encerrada en Loro Parque

Nadie le escuchó llorar pidiendo que la liberasen, gritando que sabía volver con su madre. Nadie la arropó cuando tenía frío en aquella inmensa soledad de su diminuta celda. Nadie le dio ánimos cuando quiso morirse de pena un día tras otro sin encontrar el modo de hacerlo. Nadie se acordó de buscarle un juguete que le hiciese olvidar cuánta de aquella agua, en la que nadaba, estaba compuesta por sus propias lágrimas desesperadas… Como todos los grandes símbolos, Morgan es una mártir y su historia no puede terminar bien. El confinamiento en cautividad, el condicionamiento al que ha sido sometida para convertirse en un payaso de piscina y su deterioro físico y sensorial han hecho que ni siquiera sus más adeptos se atrevan ya a recomendar su liberación en el mar, con su familia. ¿Te imaginas cuánto debe sufrir, rodeado de paredes, un animal que dispone de un sónar natural en su cabeza? ¿Te imaginas escuchar tus lamentos reverberando un millón de veces como una campana en tus sienes?

Para Morgan ya es tarde. Nunca volverá a nadar en libertad. Si bien hay una alternativa a su sufrimiento. Tenemos que apoyar la creación de un Santuario Marino, un lugar en el que las orcas cautivas puedan vivir en semilibertad. Un lugar en el que no tengan que escuchar el infinito eco de sus gemidos durante cada minuto de cada día, donde puedan investigar levantando las rocas del fondo o persiguiendo a otros habitantes del mar. Un lugar en el que juntas aprendan a comportarse de nuevo como orcas y dejen de ser payasos de piscina.

Un lugar en el que puedan buscarse a sí mismas y puedan olvidar, a la vez que nos recuerdan que fuimos nosotros, los que, indolentes, no les supimos escuchar. Que fuimos nosotros los que cavamos, para ellas, una tumba de salitre y cal.

Moisés Weber Moises Weber

Doctor en Ingeniería Industrial

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5 respuestas a Tumbas de salitre y cal

  1. Araceli dijo:

    Es vergonzoso qe todavía sigamos exponiendo animales para qe otros mal llamados “humanos”se deleiten con el sufrimiento de éstos al estar fuera de su hábitat.

  2. Cristina dijo:

    Estoy totalmente de acuerdo, si hay alguna manera de hacer el santuario marino realidad, lo apoyare sin ninguna duda, ni las orcas ni ningun otro animal se merece esto.

  3. Alicia dijo:

    Hola,

    sobre este tema tengo alguna duda.

    En el caso de la orca Morgan, ¿cuánto hay de cierto que es sorda y que ya no podría sobrevivir a vivir en libertad?
    Al menos eso es lo que alegan los del Loro Parque. Yo me he tirado a la piscina para criticarlos pero ante tantas informaciones me viene esta duda.
    Muchas gracias

  4. Pablo dijo:

    Prácticamente de acuerdo. Tuve una yegua (jamás use espuelas ni fusta). Si hubieras visto la complicidad que teníamos quizás no opinarias así de los caballos. No era una mascota, yo no era su dueño, eramos amigos y cuando falleció fueron de las lágrimas más amargas de mi vida

  5. Ana Beatriz dijo:

    Extraordinario artículo.
    Expone el tema de una manera delicada pero a la vez directa y contundentemente.
    Leí hace poco algo similar a que nunca deja de asombrar la racionalidad de las bestias y la bestialidad de los que se auto llaman racionales… Pues algo así pienso tras leer el artículo.

    “En lugar de tratar de entender a los animales que nos rodean, les obligamos a obedecer órdenes en nuestro idioma. ¿Somos más inteligentes pero esperamos a que sean ellos quienes hagan el esfuerzo de entendernos?”
    Este párrafo me ha recordado todas las veces que lamentablemente veo ciertas relaciones de humanos hacia sus perros, y no puedo evitar pensar… “si tienen esa necesidad de dominar y exigir obediencia… ¿Por qué no se habrán comprado un robot?

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