Toro, toro, toro

 

Torito del Alba

Bajo la engañosa denominación de Torito del Alba, por muy bucólica que pueda parecer tal definición, se esconde una de las prácticas de tortura animal más crueles de las muchas que se celebran en nuestro país, quizás solo comparable con las brutales becerradas de la localidad valenciana de Algemesí por la similitud de ambos “festejos” en utilizar becerros, toros de corta edad.

La soga, que con fuerza  amarra sus cuernos, deja claro el sometimiento. Es algo mecánico, frío, violento, cobarde

El Torito del Alba, al igual que el Toro Enmaromado son los actos centrales más destacados en las fiestas de la localidad zamorana de Benavente.

Escudados en los recurrentes pretextos de “tradición”, “festejo popular”, “es nuestra fiesta”… etc., y  bajo el beneplácito de la administraciones públicas, se maltrata a un animal que pasará sus últimos minutos de vida acosado, hostigado  y humillado camino del matadero, donde será ejecutado para ser carne de consumo.

La técnica de la tortura consiste en amarrar a los cuernos del animal una soga, y mediante un entramado de argollas ejercer sobre él la fuerza necesaria mediante tirones para controlar sus movimientos, y dirigirle, entre una masa enfervorecida, hacia su trágico destino.

 

Toro Benavente

Comienza el día en Benavente. Hoy es la “gran fiesta”. Las peñas están preparadas; los vecinos también. Congregados en el lugar de encuentro son jaleados desde un balcón a vivir su “fiesta” al grito de Toro, toro, toro. Saltan, ríen, beben…, y esperan.

Aparece Burlera por la mañana; lo hará Pitarrosa por la tarde. No vale con uno, deben ser dos: el pavor de la inocencia al alba. El poderío de la fuerza al atardecer. Han sido elegidos como se escoge un trozo de carne fresca. Ni sus ojos, ni su piel, ni su inocencia o su nobleza han despertado ningún tipo de empatía en quienes les trasladan al sacrificio. Encerrados esperan mientras respiran Eso, y aparece el desasosiego… La soga que con fuerza  amarra sus cuernos deja claro el sometimiento. El miedo.  A sacudidas  y empellones, Burlera primero, Pitarrosa después, son expuestos a la masa humana: Estás solo, tú, toro…, y el pánico. No hay posibilidad de escapar. A cada intento un tirón cambia el rumbo de la huida. Es algo mecánico, frío, violento, cobarde. El animal grita, intenta zafarse una y otra vez pero los tirones son cada vez más fuertes, hay que dirigirle hacia el gentío que, como salidos del mismísimo infierno parecen afectos por una especie de locura colectiva provocada por la ingesta de un brebaje capaz de anular su compasión, cualquier atisbo de sensibilidad ante el dolor ajeno. Disfrutan del acoso. Se sienten poderosos frente a un animal encornado. ¿Valor? No, solo necesitas un trapo y la seguridad de una cuerda que separa al animal de tu pobre osadía.

No solo serán sacrificados, Burlera y Pitarrosa serán más tarde despedazados. Cuando ya estén agotados, doloridos por las heridas al caer de bruces contra el suelo, casi sin aliento.

En su camino al matadero han sido humillados, torturados y vejados por una incompresible ansia de sangre y dolor, por algo que no parece real ni humano. La naturaleza tiende a conservar la vida y esta encuentra su camino mutando a las especies, buscando la evolución. ¿Qué sucede en estos pueblos en los que parece existir una memoria genética compartida que no permite empatizar con los animales, en los que la depravación ha enraizado hasta el núcleo de su naturaleza humana?

No queremos maltrato animal de ningún tipo. ¡Basta ya!

Somos muchos los que pedimos que no se manche la cultura con sangre. Que no se ensucie la imagen de un país entero con los gritos de dolor de los inocentes. Que se respete la vida por encima de tradiciones ancestrales que ya no tienen lugar en el tiempo, salvo las de ser un amargo recuerdo de una primigenia ya obsoleta.

Somos muchos, una  gran mayoría, los que exigimos nuestro derecho a vivir sin violencia. Si ningún tipo de violencia. No podemos ni debemos consentirla, ni ser la imagen en el mundo de la tortura institucionalizada. Cualquier gobierno que consienta esto, está condenando al pueblo a vivir en la barbarie. Necesitamos políticos valientes, dijo Silvia Barquero en uno de sus magníficos discursos.

No basta con eliminar subvenciones, no las necesitan, las Peñas que planean las masacres se financian con sus socios. El mal hay que erradicarlo, no camuflarlo con discursos manipulados que seguirán consintiendo estas aberraciones medievales. Queremos una cultura basada en el intercambio de conocimientos, de emociones por la música, por la pintura; risas, bailes, paseos por el campo, patatas a lo pobre, el mejor de los vinos en una mesa larga y repleta de vida, sin sombras negras, tristes y cargadas de dolor por el sufrimiento de aquellos que solo necesitan  nuestro respeto, el mismo que deberíamos sentir entre nosotros, animales humanos, cuando al mirarnos a los ojos veamos miradas limpias, sin reflejos del mal  que tristemente nos abruma.

Pilar Gómez CoronaPilar Gómez Corona
Escritora

Los dibujos son de Manuel Ruiz Gómez

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3 respuestas a Toro, toro, toro

  1. Marga Morales dijo:

    Precioso y triste relato por real, por describir lo que sucede año tras año. Aunque el sufrimiento de esos toros no podamos describirlo realmente con palabras, podemos sentirlo mínimamente en nuestros corazones.
    Gracias Pilar

  2. Manuel dijo:

    Cada día cuando llega la noche, me pregunto quien nos pondría humanos; si de lo único que podemos presumir es de ser los seres mas crueles que Dios, mi Dios,puso sobre la tierra; me avergüenzo de pertenecer a la raza de los que nos llamamos a si mismo seres racionales. Prefiero ser un animal torturado a ser un humano torturador.
    Felicidades, por poner en boca de millones de personas lo que pensamos pero que no hubiesemos sabido expresarlo mejor que tu.
    Gracias

  3. Mar dijo:

    Se me estremece el cuerpo, es todo tan triste…

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