Entre los cañizos del río estaba llorando

Lugar en el que lloraba el perrito

Lugar en el que lloraba el perrito

Entre los cañizos del río estaba llorando. Se había caído o, no quiero ni pensarlo, lo habían tirado. Alguien camina por el paseo de arriba y cree oír su llanto, pero lleva auriculares puestos y solo ha sido un alarido, o eso le ha parecido, porque trata de escuchar y ya solo suenan los ruidos habituales de la calle. En el paseo que va más abajo alguien más camina. De pronto se para e incluso se asoma por la barandilla a la orilla del río, pero inmediatamente continua andando. Afortunadamente ver ese gesto da la pista de que ese lamento que creyó oír, ese breve llanto que traspasó lo que el auricular iba contando, podía ser real. Mejor volverse a comprobarlo.

Entre los cañizos del río estaba llorando. Se había caído o, no quiero ni pensarlo, lo habían tirado

Y ahí estaba: pequeñito, miedoso, lloroso, con la mirada hacia arriba buscando quien lo ayudara. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí? Sobre las piedras y entre cañas y demás hierbas que están en la ribera. Atrapado entre el gran río y el muro que lo canaliza. En cuanto vio que desde arriba lo miraban, de nuevo se puso a gemir y sin perder de vista a quien desde arriba lo llamaba, corrió entre las piedras que le doblaban en tamaño para ir hacia quien podría sacarlo de allí. Saltaron a por él y lo alzaron al paseo. Resulta que ahí había otro precioso perro esperando.

Como sorprendidos espectadores en una clase de excursión, mostraban asombro cuando en un principio solo vieron un peludín que, desde el río, aparecía de pronto en el paseo con sólo unas manos que lo empujaban.

Ahora ya iba cogido aunque seguía muerto de miedo, no sacaba su pequeño rabito de entre sus patas pero lo llevaban en brazos, eso ya le daba tranquilidad y en agradecimiento alguna vez lanzaba un beso. Tenía una cadenita al cuello, estaba gordito, algunos pinchos enredados en su pelo y legañillas en los ojos como signo de que había llorado. Pero estaba bien y en breve le esperaba lo mejor.

Así iba cuando se encontraron con su ángel, que paseaba con su perra.

Ya más detenidamente vieron que de la cadena le colgaba una chapista, aunque fueron vanas las esperanzas pues era de propaganda, y desde aquí aprovecho para recomendar las chapitas con el número de teléfono en el collar. En mi opinión, al ser más inmediatas dan más facilidad para que sea un mayor número de gente el que esté dispuesta a, en ese mismo momento, llamar y poder así evitar o acortar el sufrimiento de quien se encuentra perdido. Mientras que para hacerse cargo y buscar dónde encontrar un lector de chip a riesgo de que no lo tenga, por desgracia, el número de gente dispuesta a hacerlo es menor y más prolongado el tiempo para una solución.

Efectivamente no tenía chip, por ser aún de corta edad o porque lo pensaban abandonar, no lo sé. Pero para saberlo se buscaron lugares donde pudieran tener un lector. Primero fue una clínica veterinaria, que estaba cerrada, y acabó finalmente en la comisaría de la Policía Local.

Pipo en brazos

Pipo en brazos

Afortunadamente los dos policías que lo atendieron mostraron interés en tratar de detectárselo pero fue en vano. Se preocuparon por la suerte que podría correr de acabar en la perrera, se alegraron cuando supieron que eso no ocurriría e incluso se propusieron, de poder, como posibles adoptantes. Y, aunque ahí quedó ya todo, ese interés es más de lo que se esperaba y por ello vaya desde aquí el agradecimiento.

A partir de ese momento había que decidir qué hacer con esa pequeñez peluda. Había que tenerlo en acogida hasta que dieran resultado otras estrategias: pegada de carteles comunicando su hallazgo, publicación en redes sociales y, en su caso, buscarle una familia definitiva que lo cuide y mime como se merece, es decir, mucho.

Su ángel no dudó ni un momento. Con ella y su preciosa perra se fue a casa. Ella le compró un abriguito antes de sacarlo a la mañana siguiente porque hacía frío. Ahí fue donde se convirtió en “El perrito con el pijama de rayas”. Le compró su comida y un collar de gato, pues su cuello era minúsculo y el cascabel ayudaba a, en un primer momento, localizarlo, aunque al poco lo cambió por un arnés. Ella se preocupó de publicitarlo en las redes para ver si aparecía su familia, siempre y cuando fuera lo que ese término indica. Ella se informó de cómo era la manera más conveniente de seleccionar interesados adoptantes, que afortunadamente los tuvo desde el primer momento, ventaja de ser una bolita peluda bebé y con la que por desgracia no cuentan todos. Ella se ocupó de cuestionarios, visitas y entrevistas con los posibles, sufriendo con sus dudas que no se fundamentaban en nada más que no fuera el bienestar  del perrito encontrado.

Hace poco he leído unos hermosos versos de Elena Negueroles, llenos de sentimiento y verdad que dicen:

“¿Quién necesita los sonidos

cuando pueden sus ojos transparentes

sin que suene la voz en el oído

al corazón hablar directamente?

Si bien pueden hablar con los ojos, hay que mirarlos para oírlos, y son muchos los “sin voz” a los que nadie mira ni escucha.

Pero también hay algunos que tienen la suerte de cruzarse con estos ángeles, personas buenas,  que desinteresada y generosamente acogen animales en sus casas. Los cuidan, los miman, los enseñan y gastan en ellos. A la vez que les buscan hogares definitivos con un único requisito a cumplir: que les hagan felices.

Entonces viene la despedida y tristeza del sentimiento roto. Pero ante eso anteponen la filosofía de que han hecho lo mejor para su bienestar y su marcha deja lugar para acoger a otro que vague sin ser mirado a los ojos.

Pipo rescatado

Pipo rescatado

Pero este es un cuento con final feliz. Nuestro peludito en cuestión, que lloraba caído entre los cañaverales del río, ahora se llama Pipo y es cuidado, querido y mimado como se merece, es decir, mucho.

Su ángel se llama Virginia. Es joven y bella pero sobre todo llena de generosidad hacia esos “sin voz” pero que tanto hablan con la mirada. Por ello le costó elegir, por ello se planteó adoptarlo, por ello se reprochó no haber estrechado aún más su economía y cuidarlo para siempre, pero por ello sabe que necesita ese hueco dejado, porque no duda que acogerá al siguiente que necesite ser ayudado.

Desde aquí el merecido reconocimiento a todos esos ángeles, que tan desinteresadamente y con tanta generosidad acometen esa enorme labor de acoger a los necesitados, aun a sabiendas de que inevitablemente les quedará una muesca en el recuerdo cuando les tengan que dejar partir. GRACIAS. 

Ana Beatriz Rubio

Ana Beatriz Rubio

 

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4 respuestas a Entre los cañizos del río estaba llorando

  1. Silvia dijo:

    Qué bonita historia. Y qué esperanzador es ver que, por fin, parece que la gente que nos preocupamos por los sin voz, somos cada día más

  2. Isidre Prim Sanchez dijo:

    Sobrecogedor.
    Aún hay personas buenas.
    Muchísimas gracias a esa ángel que salvó al perrito.
    Gente como ella merecen el cielo.
    Gracias de corazón.

  3. MARTA dijo:

    Hola a todos,

    Me he quedado sorprendidisima, porque Pipo ahora vive en casa de mis padres, y tengo que decir que es un solazo, un guapazo y supersimpatico, q no extraña a nadie. El primer dia que llego a su casa, yo iba en el tren y mi padre me envio una foto preguntandome q nombre ponerle, y finalmente decidimos Pipo. No creo que pueda estar mejor en ningun otro lugar, mis padres son de esas personas que merecen que un animal comparta su vida con ellos, y pipo se merece unas personas tan especiales como ellos. Seguro se querrán durante muchos años y compartiran montones de momentos inolvidables.

    • Ana Beatriz dijo:

      Me alegra tu comentario. Y no dudo que va a ser así.

      Confieso que no es que se me escapara la lagrimita, no, sino que me corrían las lágrimas de verdad cuando ví una primera foto en la que, al llegar a su casa nueva (la de tus padres), se veía a Pipo con su abriguito de rayas, quietecito y pegado a la pared, con la cabeza agachada y la vista al suelo, sin separarse de la bolsa donde iban sus cosas, tan pequeñito, tan vulnerable, tan inocente . Me moría de pena :'(

      Me moría de pena de pensar lo que estaría pasando por su mente. Sobre todo después de haberle visto tan miedoso pero agradecido al ser rescatado, y tan contento en lo que, él no podía imaginar, era su feliz pero temporal casa de acogida

      Y no una vez sino que no podía mirar la foto sin que se me escaparan las lágrimas, pues era tan gráfico y explícito poder imaginar su pena, que sólo el más estúpido antropocéntrico y egoista podría seguir manteniendo que sólo el ser humano tiene sentimientos.

      Me consta el empeño de Virginia en buscarle el mejor hogar. No dudaba de que así era y que volvería a ser el mismo chispireto que corroteaba con ella. Pero no sabes cómo me alegró ver el video en que juguetón corre de un lado para otro en lo que creo será el patio en la casa del pueblo.

      Gracias por entrar a contarnoslo.

      Por cierto, aprovecho.
      El artículo finalizaba aludiendo a que a veces es necesario dejar marchar para que otro pueda verse también ayudado.
      Pues esta misma buena persona, Virginia, al poco recogió nuevamente una cachorrita coja, con el femur roto, que vagaba sola tras las piernas de quien se encontraba; mordisqueando, cuando lo lograba, las piernas de los pantalones que seguía, esperando alguien se apiadara.
      Tuvo la suerte de que lo viera quien sí se fijó y preocupó por ella, quien se la llevó a casa y la curó y cuidó hasta que, tras ser adoptada, se ha trasladado a vivir a la capital riojana.
      Espero que también te vaya muy bien, Yeza.

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