El conejo: el gran olvidado de la protección animal

De mediano tamaño, manso carácter y simpática apariencia, el conejo es el blanco perfecto del maltrato animal. El niño lo quiere como compañero de juego; el adulto lo demanda en su plato, preferiblemente al ajillo, y el cazador —sí, ese “profesional” supuestamente involucrado en la regulación del hábitat— ve en él un botín tan fácil como gratificante para la perfecta jornada campestre. Su idoneidad es su perdición.

 

Pocos saben que la mayoría de los 52 millones de conejos criados cada año en España mueren sin haber olfateado felicidad alguna

En teoría, todo el mundo ama a estos animales, pero pocos son los que se paran a pensar en su bienestar; pocos saben que la mayoría de los 52 millones de conejos criados cada año en España mueren sin haber olfateado felicidad alguna. Nos hallamos ante criaturas sensibles para las que tanto el hacinamiento —sea en granjas, tiendas u hogares— como el manoseo humano suponen un suplicio. Acostumbrados por instinto a rehuir al resto de animales en el espacio natural —donde, recordemos, constituyen una de las principales presas tanto de los carnívoros como de los cazadores—, los conejos se estresan enormemente cuando se sienten vulnerables. Y vulnerabilidad pura es precisamente lo que les hacemos sentir día tras día, sea por destinarlos a opresivas jaulas donde apenas pueden moverse, sea por obligarlos a abrazar a desconocidos que para ellos no son más que abusones.

Entre la ganadería (que los cría, hacina y asesina sin compasión alguna amparándose en la falta de legislación), la caza (que no sólo los persigue en su hábitat natural, destruyendo familias enteras, sino que incluso los suelta artificialmente en zonas cerradas para facilitar aún más tan vergonzoso acto de cobardía) y el cuidado doméstico, este último es, por supuesto, el mejor destino para los conejos criados en cautividad, pero, tal y como se concibe hoy en día, también dista mucho de ser idóneo. Y es que, acostumbrada como está a alojar a los roedores en diminutas jaulas donde estos cuentan con poco más que alimentación y cobijo, la humanidad ha optado por ignorar sus verdaderas necesidades. Tierno y bonachón, el conejo parece la mascota perfecta, pero a menudo tan sólo lo es para su dueño: él detesta las jaulas y más aún que lo toquen, abracen y muevan de aquí para allá, con lo que la única forma correcta de tenerlo de animal de compañía es evitar tanto el vocablo “mascota” como todo lo que este conlleva y limitarse a convivir con él, dejando que deambule libremente por nuestra casa y que sea él quien decida qué mimos darnos (y cuándo dárnoslos).

Ahora mismo nada impide a los criadores de conejos estamparlos contra el suelo, arrojarlos vivos a contenedores de residuos o mantenerlos enfermos con heridas abiertas

Comparar al conejo con el gato o incluso el perro es imprescindible para comprender cuán injusto es su olvido por parte de la legislación europea, la cual sólo tiene ojos para los dos animales recién mencionados. Pese a la existencia del artículo 13 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea —que establece que «la Unión y los Estados miembros tendrán plenamente en cuenta las exigencias en materia de bienestar de los animales como seres sensibles»—, ahora mismo nada impide a los criadores de conejos estamparlos contra el suelo, arrojarlos vivos a contenedores de residuos o mantenerlos enfermos con heridas abiertas e infecciones cutáneas hasta que el cansancio acabe con ellos (una ardua investigación de Igualdad Animal sacó en 2014 a la luz estas circunstancias, que no constituyen en absoluto excepciones a la regla). A fin de cuentas, ¿qué esperar de una industria que trata a los animales como productos, olvidando por completo su vitalidad?, ¿que se regule sola atendiendo a la sensatez y la humanidad? No, lamentablemente, la industria animal europea (y mundial, con escasísimas excepciones) carece por completo de sensatez o humanidad algunas, sencillamente porque es mucho más práctico, barato y fácil aprender a ver a los conejos de la misma manera que se ve a un neumático, una cacerola o un paquete de cereales.

Respondiendo a esta triste realidad, el eurodiputado animalista alemán Stefan Eck hizo una propuesta legislativa de regulación de las condiciones de cría de conejos que será debatida el próximo 25 de enero en la Comisión de Agricultura y Desarrollo Rural del Parlamento Europeo. Hablamos, como casi siempre en el terreno animal, de condiciones mínimas (en este caso: prohibir la cría en jaulas y exigir el aturdimiento previo antes del sacrificio), pero aun así será difícil que la propuesta siga adelante considerando que el trato de los mal denominados “animales de granja” es un asunto que se antoja trivial para la mayoría de políticos pese a todo el sufrimiento que conlleva.

PACMA inició una campaña para instar a los eurodiputados contrarios a replantearse su postura, siendo nuevamente la concienciación ciudadana de vital importancia

Sin ir más lejos, los tres eurodiputados españoles del PP (Esther Herranz, Gabriel Mato y Ramón Luis Valcárcel) y una de los dos eurodiputados del PSOE (Clara Eugenia Aguilera) han afirmado que votarán en contra de esta ley, contribuyendo así a perpetuar tamaña crueldad en la industria de la cría de conejos. Que España sea el segundo productor en Europa de carne de conejos (por detrás de Italia y delante de Francia, países ambos exentos también de legislación concreta sobre la producción cunícola, la cual sólo existe en Alemania, Austria, Bélgica y Reino Unido) sin duda habrá influido al respecto, ya que la presión ejercida por la industria ganadera suele ser la principal culpable de la lentitud con que se llevan a cabo los cambios de la misma (recordemos el revuelo —nunca mejor dicho— ocasionado por la decisión de mejorar las condiciones de vida de las gallinas, que siguen siendo abiertamente inhumanas). En la otra cara de la moneda, hace una semana PACMA inició una campaña para instar a los cuatro diputados mencionados a replantearse su postura, siendo nuevamente la concienciación ciudadana de vital importancia.

Con esta propuesta legislativa no se pretende poner fin a la cría de conejos, sino tan sólo reducir paliativamente el sufrimiento derivado de ella. Que la cunicultura lo vea como una simple y llana molestia es comprensible, pero ¿no deberían los políticos luchar por poner poco a poco fin a la crueldad de la industria cárnica? Y, sobre todo, ¿no deberíamos los demás indignarnos ante tamaña dejadez? En Europa, la mayoría se escandaliza al enterarse de que la carne de perros, gatos y caballos se consume en otros rincones del mundo. “¡Se comen a sus animales de compañía!, ¡qué inhumano!”, dicen. Y hay mucha razón ahí, pero también mucha hipocresía: ¿acaso no hacemos nosotros lo mismo con los conejos?, ¿acaso no los vemos como presa, juguete o alimento según convenga pese a la ternura que su suavidad y mirada despiertan?

Juan Roures
Periodista y animalista

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3 respuestas a El conejo: el gran olvidado de la protección animal

  1. Lizeth dijo:

    Basta de tanta crueldad sean un poco humanos y demuestren q con su voto pueden cambiar esta crueldad.

  2. Karla selene dijo:

    Llevan siempre la de perder comparados con el perro y el gato.
    Por favor no sean bestias apliquen la legislación para que disminuya tanta tortura innecesaria. Son animales muy inteligentes y sensibles. Sean amables y disminuyan su sufrir.

  3. Aurora dijo:

    Me parece increíble lo que hacen con los animales para consumo, yo no como animales pero si ustedes no van a dejar de consumirlos por favor saquenlos de las jaulas en batería. Ya que van a morir por lo menos que el poco tiempo que tienen de vida que puedan estar en semilibertad, para ellos y para mi lo mejor sería que la gente tomara conciencia y no consumiera animales.

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